lunes, diciembre 20, 2010

ANTROPOLOGÍA SOCIAL Y DEPREDADORES


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Por: Federico E. Cavada Kuhlmann. El Fortín

En estos últimos meses Chile ha sido centro de la noticia internacional debido a la operación de rescate de los treinta y tres mineros sumidos en la profundidad de la tierra. Hoy se reaviva ese hecho por lo sucedido en Nueva Zelandia en una mina de carbón. Pero antes –solo meses antes- del derrumbe en la mina San José, ya Chile se había destacado en las noticias por el terremoto y el maremoto que azoló al país en el mes de Febrero.

Son por este tipo de noticias que Chile se destaca internacionalmente –aunque los chilenos queramos creer otra cosa-, es la forma más corriente en que el mundo sabe del país.

Lo común –entre nosotros, en casa- es que después de un tiempo la memoria colectiva guarda y rememora aspectos valorices destacados en esos momentos, también algún recuerdo anecdótico de lo ocurrido.

Hoy el rescate de los mineros es medido como proeza histórica. Es una de las operaciones más importantes del momento, recorriendo solo el siglo pasado. En Chile se recuerda el terremoto de 1960 como el más violento –por lo menos del cual se tenga memoria estadística-, el de este año lo rememoramos por aquel muchacho que exhibía su deteriorada bandera nacional, como forma de expresar su decisión de lucha por el futuro.

Pero de esos mismos acontecimientos hay cosas que olvidamos casi de inmediato o –a veces inconscientemente- escondemos al fondo del baúl de los recuerdos. Muchas veces –por no decir siempre- esas piezas de la vida son las que de manera significativa nos retratan, nos definen como personas o nos especifican como sociedad. Creo que si esos factores dejados en el tintero o guardados en el fondo del baúl, los tuviéramos vigentes en nuestra memoria obligada, sería posible que nos permitieran mejorar y progresar, enmendar, triunfar en nuestro desarrollo como personas y como pueblo.

Si ustedes no tienen mala memoria, una de las particularidades de las noticias sobre el terremoto de Febrero, fue la depredación, especialmente en la ciudad de Concepción. La TVN –Televisión Nacional- documento prolongadamente los actos vandálicos de los vecinos de la ciudad. La pantalla mostraba a una mujer llorosa que le declaraba al entrevistador que habían roto las cortinas y puertas del centro comercial para poder conseguir pañales para su bebe, o para obtener leche con que alimentarlo. Mientras esto declaraba esa mujer, por su lado pasaba otra que con dificultades llevaba en sus brazos un gran televisor de treinta y dos pulgadas, o más al fondo se veían ir corriendo a unos muchachones cargados con un sillón o con una inmensa caja de un aire acondicionado. Esas cosas ¿eran también para los bebes desvalidos, víctimas del terremoto?

De eso -que recién sucedió hace unos pocos mese-, ya no nos recordamos. ¿Quién recuerda el robo de la perforadora en la mina San José, mientras se trataba de rescatar a los mineros? Evidentemente hechos similares más remotos ya los olvidamos o los silenciamos.

Pero es bueno tratar de refrescar algo la memoria, de hacer un poco de historia, para así favorecernos para optimizar nuestro crecimiento. En Valparaíso, el primer puerto de Chile, hay una importante población –con cientos de viviendas de clase media- que se llama “Almirante Luís Gómez Carreño”. Ese marino se hizo famoso en 1906, cuando un violento terremoto casi destruyo totalmente la ciudad. Como en Concepción en el 2010, los depredadores salieron a las calles y arrasaban con todo lo que había a su paso, incluyendo el robo a los cadáveres, cercenando dedos u orejas para sacar joyas. Algo similar a lo de este año, pero entonces no había supermercados.

Entonces el almirante tomo el camino más corto que encontró. Quien era sorprendido robando o en actitud de intentar robar, ahí –en el lugar que era atrapado-, sus marinos lo fusilaban. Así logro detener los saqueos.
Algo similar ocurrió cuando el terremoto de Chillán y el de Concepción en 1939, donde el número de fusilados fue tan importante como había sido en 1906. Lo mismo, el robo, ocurre normalmente en caso de catástrofes o en la vida diaria, como en otros países del subcontinente, el robo es parte de los valores culturales de la sociedad chilena.

Recuerdo hace más de veinte años atrás ir al Aeropuerto de Ezeiza a recibir a una compañera de la Izquierda Cristiana que venía de su exilio en Suecia. Ella me contaba –quizá con algo de mitificación- que en un supermercado sueco, había un letrero que decía “Sí ve a un chileno robando, déjelo, es su cultura”. Eso me recordó que cuando yo vivía en Avda. Estadio, en la Florida en Santiago, tenía una casa esquina con rejas y antejardín. Traje un día unos treinta arbustos para cerco y los plante a orillas de la reja. A la mañana siguiente me di cuenta que en la noche los habían robado todos.

Edad para pensar

Hace unos días cumplí setenta y un año, lo que es un buen trecho de recorrido por la vida. Hay palabras que producen un efecto en quienes las escuchan y esa de ladrón, depredador me lo produce. Platón afirma que en esta edad se llega a la plenitud total. El ser humano posee mayor sabiduría, alcanza un alto nivel de paz espiritual, posee una gran experiencia, su madurez adquiere un nivel muy alto y la alegría de vivir es íntegra. Por ello –al cumplir años- me dedique un poco a hacer historia de ese recorrido por la vida. Acontece que el rememorar los sucesos, busca –de alguna forma- la explicación a nuestra propia forma de dar la cara a la vida. Ya soy un hombre de muchos años –anciano dirán algunos-, mis tiempos están agotándose, por lo cual es bueno encontrar explicación a la propia existencia. Así llegue a pensar en lo de nosotros, chilenos, ladrones, depredadores, pero relacionado conmigo, con mi experiencia personal. Especialmente con mi experiencia en el exilio, con mis compañeros exiliados.

Vivía en la Avda. Belgrano de la capital cuando –en pleno Gobierno de Alfonsín- comenzamos a organizar a la oposición chilena a Pinochet. Nos reuníamos en mi departamento. Un querido amigo argentino –el doctor Rodríguez Casanova-, me había regalado la biografía de O’Higgins de Jaime Eyzaguirre de la editorial Zig-Zag, de 1946. Una joyita.

Un día nos reunimos con algunos compañeros -dirigentes de los partidos políticos chilenos- y tenía ese libro sobre mi escritorio. Cuando termino la reunión y todos se fueron, se fue también el libro. Era nuestra cultura. Después supe exactamente quien había sido. Él vendía libros viejos en una feria.

Tiempo después aloje en mi casa a un compañero de la Izquierda Cristiana que vivía en la Provincia y que estaba trabajando en la capital. Justo en ese entonces vendí una computadora Commodor en doscientos setenta dólares y deje el dinero en mi mesa de luz, nunca más lo vi. Hice una trampa, y deje un dinerillo de anzuelo y comprobé que era mi compañero militante. Después fue otro compañero que hizo algo similar con otros libros, uno de ellos era La Historia de mi Vida de Evita Perón, ejemplar de la segunda edición, otra joyita, también se dedicaba a vender libros. Me robaron del escritorio dinero que mi hijo tenía para hacer sus anteojos. No ve sin ellos. Se quedo sin ver durante un tiempo. Entonces llegue a la conclusión de que soy pelotudo, porque si ya sabía que somos así, ¿Por qué no prevenía?

A comienzos del 2009 fui de vacaciones a Chile. Me reuní con mis amigos de la Dirección de Deportes de la Municipalidad de Santiago y una de ellas –muy querida por mi-, Fresia, me conto que una ex compañera de su hija vendría a Buenos Aires a estudiar Antropología Social y me pedía que la ayudara en su estadía en este país. Lógicamente dije que sí.

Así fue como un buen día la conocí en Buenos Aires. Loreto Renuhi Vid se llamaba y venía con una compañera que se llama Gabriela –del apellido no me acuerdo- y querían ver la posibilidad de alquilar un departamento, ya que su estada en un pensionado para estudiantes les resultaba muy desagradable, además de caro. Ambas eran Asistentes Sociales, tituladas en la Universidad Tecnocrática de Santiago de Chile. Ella me comentaba en un correo-e “¿Sabe?…he caminado a eso de las 10 de la noche por Corrientes, pero que avenida más linda!!…..llena de vida, llena de gente, llena de teatros, llena de librerías…que distinto que es al centro de Santiago, donde a las 9 ya todos arrancamos y la vida muere por la noche…”. El comentario era válido, mi departamento estaba en Libertad al llegar a Corrientes, a una cuadra y media del Obelisco.

Yo estaba buscando con quien compartir el departamento ya que me casaría luego y por lo tanto lo usaría solo de oficina. Por eso me reuní con ellas y les informe que tenía que renovar el contrato y si querían se quedaban allí y me dejaban una pieza para mi oficina. Yo pagaría esa pieza prestándole todos los muebles de la casa, hasta los tenedores y los vasos. En realidad ellas no me gustaron mucho. Pero mi señora, la que en pocos días más iba a ser mi esposa converso con ellas y la convencieron que eran unas chicas muy buenas, que estaban muy asustadas en un país extranjero y que necesitaban que le dieran una mano. Resultado, alquilamos el departamento. En octubre me contaron que se irían de vacaciones a Chile y que le arrendarían el departamento a un amigo que venía a hacer un curso de verano. Les dije que no había problema.

En noviembre, no pagaron el alquiler y me dijeron que se volvían a Chile y no pagaban más. Ellas subarrendaban una habitación desde su llegada, a un muchacho venezolano y el ya se había ido. En resumen me dejaron con el departamento sin pagar y con la obligación de rescindir contrato lo que significaba el mes de garantía más otro mes de alquiler, o sea debí pagar tres meses, unos mil quinientos dólares.

Ellas violentaron la puerta para llevar su equipaje -se ve en la foto que saque meses despues- y me denunciaron a la policía de retenerles sus cosas.
Hasta el venezolano fue a la policía a decir que me había quedado con sus cosas. Evidentemente el tribunal me sobreseyó ya que yo denuncie la puerta rota.
Pero lo peor para mi es que debía dejar el departamento de inmediato y no tenia donde dejar mis muebles… y eran muchos, cama comedor, placares, escritorio, cocina, herladera, etc. Debí llamar a un fletero conocido y regalarle todo para desocupar el inmueble y no seguir sumando daños económicos a mi escaso patrimonio de jubilado.

Ellas muy bien gracias. Pasaron sus vacaciones en Chile y volvieron a Buenos Aires a terminar su magister.

Cuando el Consulado chileno celebro el Bicentenario Chileno en la Avda. de Mayo, yo estaba sentado en el cordón de la vereda, con una de mis nietas, de pronto llego una parejita que amarro con cadenas sus bicicletas al la reja al borde. Era una ellas, Gabriela, que sonriente estaba celebrando. Yo le toque un brazo y le pregunte ¿Viniste de nuevo a robar a la Argentina? Ella rápidamente se fue de mi lado y mi esposa no me permitió seguirla.

Por eso en este balance pienso que no solo soy pelotudo, sino que boludo o en chileno, guevón y tonto. Porque con toda la “experiencia” que ya tenía, que estas chilenitas consigan su magister con aporte robado de mi bolsillo me parece el colmo. ¿Sera cierto lo que decía mi compañera de la IC, cuando volvió de Suecia? “Sí ve a un chileno robando, déjelo, es su cultura”.

Cuando el treinta por ciento de los pasajeros que usan el servicio de transportes colectivo de Santiago se “cuelan” o subiendo por la puerta trasera o de otra manera, para no pagar su pasaje, más mis propias experiencias en el largo camino recorrido, estoy seguro que es conveniente –y por eso el titulo- un profundo trabajo de antropología social para ayudar a nuestro país a mejorar.

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